¿Diálogos de paz: Traspiés cronológico… ¿Renovación de la esperanza?

Jairo Delgado Mora(*)

 

Finalmente, se cumplió la crónica de una expectativa incumplida. El esfuerzo que hizo el Presidente Juan Manuel Santos por llegar al epílogo de las conversaciones de paz con las Farc en un día especifico – el 23 de marzo – fracasó.

Algunas de las lecciones aprendidas fueron las siguientes:

-La presión y el respaldo internacional no son determinantes para decidir una fecha final para los diálogos.

– Los buenos anhelos y el clamor de paz de la “sociedad civil” no constituyen un factor de influencia en la voluntad de la guerrilla para hacerla cumplir fechas.

– Tratar de sacar el proceso de diálogos de coyunturales monotonías, anunciando con demasiada antelación fechas para la culminación de ciertas fases, es un error político.

– Los gestos del Gobierno y de las FARC – o de cualquier sector – sobre tiempos para firmar el Acuerdo, marchas por la paz, visitas especiales, pedagogías en uno u otro sentido, son intrascendentes y se convierten en cargas simbólicas, mientras la negociación se estanca en temas especialmente sensibles, como las características y condiciones de las denominadas Zonas de Ubicación Temporal, entre otros.

– Debe resolverse la conflictividad “blanda”, propia de las discusiones sobre los temas acordados para desarrollar en el proceso de terminación del conflicto. De esta manera, se descontaminan los ánimos y se puede obrar con sensatez, cuando haya notificaciones sobre “avances”, para evitar que luego se incumplan y terminen en una cadena de excusas que deterioran la credibilidad ante la opinión pública.

– La madurez de los diálogos no se demuestra únicamente en el volumen de lo que se acuerda parcialmente, ni en el tiempo prolongado de las conversaciones; la verdadera madurez se refleja en el consenso auténtico o en la coincidencia plena de las partes en negociación, sobre cada aspecto fundamental de la temática de la Agenda. Ésta característica reviste de mayor legitimidad el proceso de paz.

– Hay que centrarse en la Agenda de diálogos hasta superar totalmente las discrepancias y preocuparse menos por introducir en la mesa una especie de teoría de juegos, donde las probabilidades de acertar en fechas son muy remotas mientras se mantengan diferencias sustanciales.

Por otro lado, la cuestión de la pedagogía “insurgente”, demostró la visión que las FARC tendría de su futura desmovilización y participación política. El experimento de la dirigencia subversiva en el corregimiento de Conejo, jurisdicción del municipio de Fonseca, Guajira (18 de febrero de 2016), donde en aras de informar a sus bases los resultados parciales de las negociaciones en Cuba, la guerrilla realizó un sorpresivo despliegue militar, trajo a la mente de la opinión pública nacional el fantasma de la “paz armada”(1). No se trató de una equivocación del grupo insurgente; fue una acción debidamente planificada cuyo objetivo fue mostrar la vigencia como “Ejército del Pueblo” de las FARC e insistir en que su capacidad militar.

El desconcierto fue grande y la incertidumbre mayor en relación con las verdaderas intenciones de las FARC, sobre la forma de hacer política. La retórica del grupo subversivo sobre la voluntad de paz quedó nuevamente opacada. El caso de Conejo evidenció que para los insurgentes aún es compatible la actividad política con la presión armada, situación que la mayoría de los colombianos rechaza.

En consecuencia, surgieron las correspondientes tensiones en La Habana, que aumentaron cuando alias Timochenko envió el 7 de marzo una carta a sus estructuras en la que reconoció que el proceso estaba “ante una situación crítica”. La razón principal fue el cambio que se habría producido en el documento inicial que se preparó conjuntamente con la subcomisión técnica militar-policial, sobre el procedimiento de concentración de las Farc una vez se diera por iniciado el cese bilateral y definitivo de hostilidades.

Llama la atención, además, dos aspectos: una fuerte desconfianza de las FARC hacia el presidente Santos, cuando manifiesta “no permitirle que nos haga una jugada sucia” y solicitarle al primer mandatario enviar a Enrique Santos a La Habana para “fijar la posición” insurgente.

Enrique Santos debió, por lo tanto, viajar a Cuba y, asumiendo un rol transitorio de Alto Comisionado para la Paz ad hoc, actuó como el mediador principal del proceso de diálogo para encontrar alternativas de solución, empezando por aclimatar el inconformismo de Timochenko y por recuperar la capacidad negociadora de las partes, siendo superado parcialmente el escollo.

Nuevas preocupaciones

– Que la presión de Timochenko, utilizando la carta que envió a sus estructuras, termine haciendo ceder al Gobierno en el aumento del número de “Zonas de Ubicación Temporal”. Se considera que en los actuales momentos se estaría estudiando la posibilidad de crear entre 25 y 30 zonas de concentración en el país.

– Que las FARC exija la conformación de una “Fuerza de Seguridad Provisional” integrada por guerrilleros parar verificar y hacer cumplir los protocolos que en esta materia se acuerden para las zonas de concentración insurgente.

– Que la veeduría de las Naciones Unidas carezca de instrumentos de control eficientes, para exigirle a la guerrilla unas normas de comportamiento que garanticen el respeto y la protección a la población civil en estas zonas y en su periferia.

Implicaciones de política

Los Gobernadores y Alcaldes no tienen definida aún su función, responsabilidad o actividad en relación con las Zonas de Ubicación Temporal que se instalarán en sus territorios. Es importante en consecuencia que se definan, desde el gobierno nacional, las condiciones para determinar si los mandatarios locales harán parte del sistema de transición de la guerrilla hacia su desmovilización o si estarán marginados hasta la reintegración de toda la insurgencia y el inicio formal del proceso de construcción de paz desde las regiones.

Recomendaciones

-Es oportuno evaluar si la carta de alias Timochenko a sus estructuras, en efecto produjo en los colombianos un síndrome de la expectativa incumplida, acarreando un alto costo político para el Gobierno Nacional y el aumento de la desconfianza con las FARC.

-Evitar que el escollo de marzo signifique o se interprete como una estratagema de las FARC para obtener concesiones del Gobierno y de esta manera se vuelva a generar temor en la opinión pública nacional por las desfavorables implicaciones políticas, económicas, sociales y de seguridad que traerían estas condiciones para la población civil.

-Establecer si la carta de alias Timochenko a los guerrilleros fue solo una táctica de endurecimiento en las negociaciones o se trata de nuevos inamovibles aportados por las FARC, que aumentarán las dificultades del proceso y dilatarán más el tiempo de los diálogos. De ser así, se generará gran incertidumbre y mayor incredulidad sobre las reales posibilidades de llegar al acuerdo final.

(*) Investigador Principal, Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga
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